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Después de un invierno de mal tiempo y de lluvia, los primeros rayos de sol los hemos recibido con los brazos abiertos, casi con alivio. Todos los años hay algo que sentimos cuando llega marzo: huele a primavera, y eso lo reorganiza todo.

Pero no es solo el sol lo que hace a marzo diferente. No es el cambio de hora, ni el propio cambio de estación. Hay algo más, difícil de explicar y de nombrar, que muchas personas en proceso de recuperación reconocen de inmediato: el cuerpo cambia antes de que la cabeza entienda por qué.

La primavera no avisa, aparece de golpe con sus terrazas llenas un martes por la tarde como si fuera sábado o con las noches que de repente invitan a quedarse y no volver a casa. De repente estás ahí, en medio de todo ese ruido alegre, con el sol dándote en la cara, pensando que esto ya lo tienes superado, que llevas meses bien y que eres otra persona.

Y es que la primavera activa cosas y no distingue entre una adicción y otra. Eso, exactamente eso, es uno de los momentos más delicados de la recuperación.

 

El cerebro no olvida. Solo espera.

El problema con las adicciones no es solo químico, ojalá fuera tan simple. El problema es que el cerebro guarda memoria de todo: del placer, del alivio, del calor de pertenecer a algo cuando todo lo demás fallaba. Y esa memoria no se borra con meses de abstinencia, se duerme, se queda quieta, esperando.

Es indiferente que haya un problema con el alcohol, la cocaína, el juego, el sexo, la comida o el consumo compulsivo de redes. En todos esos casos el cerebro aprendió algo: a activar su sistema de recompensa y a construir, alrededor de esa recompensa, una red de señales que la anuncian. El sistema de recompensa es el mecanismo que libera dopamina cuando algo nos produce placer o alivio, reforzando esa conducta y haciendo que queramos repetirla. Con el tiempo, no solo responde a la sustancia o al comportamiento en sí, sino también a todo lo que los rodea: personas, momentos, lugares, sensaciones.

La primavera es una máquina de despertar esas señales. Y por eso el riesgo de recaída en primavera es mayor de lo que muchas personas anticipan.

El olor a bronceador, una terraza. Las noches que de repente se alargan. Los planes que vuelven a llenarse de gente. La energía social desbordada de quien lleva meses esperando el buen tiempo. Para alguien con un problema con el alcohol o la cocaína, puede ser la luz larga del atardecer que siempre terminaba de una determinada manera. Para quien luchó con una adicción sexual o a las aplicaciones de citas, la sensación de que algo está a punto de empezar, de que el verano se acerca y con él una versión diferente de uno mismo. Para quien tiene una relación problemática con el juego, los eventos deportivos que se multiplican, las quedadas para ver partidos. Para quien se pierde en las redes, el aburrimiento diferente de los días largos o la comparación inevitable con las historias de viajes y planes que llenan las pantallas en esta época.

Los estímulos y los disparadores cambian según la historia de cada uno. El mecanismo, no.

Y a veces el cuerpo responde antes de que la cabeza entienda por qué. No es debilidad, es biología pero hay que saberlo.

 

La trampa de sentirse bien

Llevas un tiempo en tratamiento, sin consumir, sin recaer. Has estado más o menos cumpliendo tus pautas, tu horario, acudiendo a tus terapias. Tienes algunas herramientas. Puedes haber mejorado incluso muchas relaciones que se encontraban deterioradas, o simplemente duermes bien por primera vez en años. Todo apunta a que lo peor quedó atrás y en parte es cierto. Pero solo en parte.

Porque ese bienestar, que es real, puede generar una ilusión peligrosa: la de creer que ya no hace falta tanta vigilancia. Que puedes saltarte la terapia una semana porque estás ocupado. Que puedes ir a ese plan porque «solo será un momento». Que puedes volver a los mismos contextos o las mismas personas de antes porque ahora eres diferente.

A esto se le llama falsa seguridad y es uno de los momentos de mayor riesgo en cualquier proceso de recuperación de adicciones, precisamente porque desde fuera, e incluso desde dentro, todo parece estar bien.

La recaída no siempre llega por una crisis. A veces llega cuando todo parece ir bien.

Y la primavera, con su promesa de renovación y su energía social a todo volumen, es uno de los momentos del año en que más fácil resulta caer en esa trampa. No porque el buen tiempo sea peligroso en sí mismo, sino porque refuerza exactamente esa sensación: la de que una nueva etapa ha empezado, la de que lo anterior ya pasó, la de que ahora todo es distinto. 

Las terrazas como escenario

La cultura española tiene una relación muy particular con el espacio social al aire libre. Las terrazas son donde se celebra, donde se llora, donde se hace tiempo entre reunión y reunión. Un lugar donde el consumo, en sus distintas formas, está tan normalizado que salirse de ese guion genera a veces más incomodidad en los demás que en uno mismo.

Con la primavera, ese escenario se multiplica. Los planes vuelven a ser al aire libre. Las reuniones familiares, los cumpleaños, los reencuentros con gente de hace tiempo. Todo sucede en contextos donde los estímulos están presentes de forma casi invisible, como fondo de pantalla de la vida social.

Para alguien en recuperación, eso supone una negociación constante, no con la botella, ni con el teléfono, ni con lo que sea que tiraba hacia abajo sino con uno mismo. Con las expectativas de los demás. Con el «venga, uno no hace daño a nadie». Con el «si vienes con nosotros estás controlado, no te va a pasar nada». Con el «tampoco tienes que beber, solo ven». Con el no saber muy bien cómo decir que no sin tener que dar explicaciones que no se quieren dar, sin convertir la sobremesa en una sesión de preguntas incómodas, sin que tu recuperación se convierta en el tema de conversación de la tarde.

Porque a veces el problema no es la sustancia ni la conducta, es el no saber cómo salir de esa situación sin coste social. Y eso, cuando el grupo tira, cuando el plan parece inofensivo y el sol invita a quedarse, puede pesar más de lo que parece. Ese desgaste es real y a menudo se infravalora.

Qué hacer con todo esto

No se trata de temer la primavera ni de encerrarse. No hay recuperación posible sin vida, y la vida en primavera tiene un sabor que merece la pena experimentar. Sin sustancias, sin conductas que drenan, los sentidos vuelven a funcionar de otra manera. Pero hay cosas concretas que marcan la diferencia.

Anticipar y planificar. Pensar antes de que llegue la situación, no dentro de ella. Hablar con el terapeuta o con el grupo de apoyo, aunque todo parezca estable, precisamente porque todo parece estable. Identificar qué planes de las próximas semanas pueden ser complicados y tener pensado cómo manejarlos, no improvisar. Rodearse de personas que conocen la situación y la respetan.

Y aprender a llamar a las cosas por su nombre: eso que parece un plan inofensivo, esa invitación que parece liviana, esa situación que «esta vez es diferente», también es un estímulo. Nombrarlo como tal, hablarlo en terapia antes de que ocurra y no después, agarrarse a las herramientas del tratamiento no solo cuando todo se derrumba sino exactamente cuando todo parece ir bien y la guardia baja sola.

Porque hay estímulos evidentes, y luego están los indirectos, los que no parecen nada. Pasar por delante de una terraza llena y no seguir caminando, quedarse a mirar una pantalla con publicidad de una app de citas, escuchar una canción que sonaba siempre en un momento concreto o ver a alguien encender un cigarro en la calle. Ninguno de esos momentos parece una amenaza y sin embargo el cerebro los está registrando, procesando y conectando con lo que aprendió, por eso también cuentan y por eso también merece la pena mencionarlos en terapia, aunque parezcan una tontería.

Y también reconocer que sentir el tirón no es un fracaso, es información. El cerebro está haciendo exactamente lo que aprendió a hacer. La diferencia está en lo que se hace con eso a continuación. 

El buen tiempo vuelve cada año. Y hay una primavera, más adelante, en la que todo esto que hoy cuesta tanto se vive de otra manera. Más ligero. Más libre. Esa primavera también existe.

Podemos ayudarte en nuestro centro de adicciones de Salamanca. Tratamos todo tipo de adicciones. Puedes ponerte en contacto a través del formulario de contacto o llamando por teléfono al 613 613 785. También atendemos WhatsApp.

Autor

  • Álex Martín es terapeuta con más de veinte años de experiencia en el ámbito de las adicciones. Máster en Drogodependencias por la Universidad de Barcelona, ha desarrollado su trayectoria combinando la formación, la docencia y el acompañamiento en salud mental. Es formador en soporte mutuo (P2P) en la Federació Veus Catalunya y en el Hospital del Mar, miembro del Grup de Treball Peer to Peer del Departament de Salut y docente en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu. Además, participa activamente en ActivaMent Catalunya Associació y como portavoz en Obertament, trabajando siempre con un firme compromiso en la lucha contra el estigma y la promoción del bienestar.

    TITULACIONES Y ESPECIALIDADES

    Certificat Docent ALEJANDRO 2018

    Master en Drogodependencias UB

    Prevención en Drogodependencias en Menores