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La inmensa mayoría de guías sobre este tema arrastran un error de fondo: aplican el guion de las drogas a conductas que no implican sustancia alguna. Hablan de desintoxicación, de medicación específica, de internamientos de cuatro semanas. Y la realidad clínica desmiente ese esquema cada día en consulta.

Cuando alguien apuesta hasta arruinarse, compra de forma compulsiva o no logra soltar el móvil aunque le cueste el trabajo, no hay nada químico que retirar del organismo. Lo que hay que reorganizar es el circuito de refuerzo que el cerebro ha construido alrededor de esa conducta. Y ese circuito responde a intervenciones muy distintas según qué actividad lo alimente.

Por qué tratar una adicción sin sustancia no es lo mismo que tratar una adicción al alcohol

Las adicciones comportamentales son trastornos en los que la conducta (jugar, comprar, consumir pornografía, usar pantallas) activa los mismos circuitos cerebrales de recompensa que la cocaína o el alcohol, pero sin sustancia química externa. Su tratamiento se basa en psicoterapia estructurada, control de estímulos y reaprendizaje conductual, no en desintoxicación corporal.

Esa distinción no es semántica. Tiene consecuencias terapéuticas concretas. En las adicciones a sustancias existen fármacos aprobados con indicación específica: metadona y buprenorfina para opiáceos, naltrexona para alcohol y opiáceos, disulfiram para alcohol. Hay algo físico que retirar, hay un síndrome de abstinencia con clínica observable, y la medicación cumple un papel central durante las primeras semanas.

¿Qué ocurre cuando el sustrato adictivo es una conducta? Que no se puede «retirar» del cuerpo el juego, las compras o el sexo. Lo que se modifica es el patrón conductual, los desencadenantes ambientales y los procesos cognitivos que sostienen el ciclo. La medicación, cuando se usa, es secundaria y casi siempre off-label: ISRS para la impulsividad asociada, naltrexona en algunos casos de ludopatía, estabilizadores cuando hay patología dual.

Hay otra diferencia que rara vez se menciona y que cambia la lógica del abordaje: la conducta adictiva no se puede eliminar del entorno en muchos casos. Un alcohólico puede dejar de tener alcohol en casa. Quien tiene un problema con las compras necesita seguir comprando para vivir. Quien depende de las pantallas trabaja con ellas. La meta no es la abstinencia total, sino la recuperación del control sobre una actividad que sigue presente.

Si el problema es el juego: terapia cognitivo-conductual y control de estímulos

La ludopatía es, hasta hoy, la conducta adictiva con mayor recorrido clínico. Fue, además, la primera incluida en el DSM-5 dentro del capítulo de trastornos adictivos, en 2013. Antes figuraba como trastorno del control de los impulsos. Ese reconocimiento abrió la puerta a que el resto de adicciones sin sustancia empezaran a estudiarse con el mismo marco conceptual.

El abordaje con mayor evidencia es la terapia cognitivo-conductual estructurada en torno a tres ejes. Primero, identificación de distorsiones cognitivas características: la ilusión de control, la falacia del jugador, la persecución de pérdidas. Segundo, control de estímulos: autoexclusión de salas y plataformas online, bloqueo de pasarelas de pago, supervisión económica temporal por un tercero de confianza. Tercero, exposición con prevención de respuesta a las situaciones de craving.

¿Qué terapia es mejor para la ludopatía?

La cognitivo-conductual sigue siendo la opción con mayor respaldo, pero conviene matizar. En pacientes que ya han fracasado en varios intentos previos con TCC clásica, y son habituales, la terapia de aceptación y compromiso (ACT) muestra resultados prometedores. En lugar de luchar contra el impulso, se trabaja la relación con él: el deseo de apostar puede aparecer y la persona puede no actuar sobre él. Es un enfoque que requiere más sesiones iniciales pero reduce la sensación de «estar peleándose con la propia cabeza» que muchos pacientes describen.

El papel del entorno económico

Una intervención que rara vez se nombra y que cambia el pronóstico: la reestructuración de la responsabilidad financiera durante los primeros seis a doce meses. Cesión voluntaria de la gestión bancaria a un familiar, eliminación de tarjetas de crédito, fraccionamiento de la deuda con asesoramiento legal. Sin esta capa, la TCC opera en el aire: cada nómina vuelve a ser un detonante.

Cuando la conducta compulsiva gira alrededor del sexo o el chemsex

Aquí el cuadro se complica por dos motivos. El primero, que la adicción al sexo no figura como diagnóstico independiente en el DSM-5, lo que genera un vacío de protocolos consensuados. El segundo, que el chemsex (uso de sustancias estimulantes asociado a encuentros sexuales prolongados) combina componente comportamental y componente de sustancia, y exige un abordaje dual.

En adicción al sexo «pura» (sin sustancia asociada), la intervención de elección combina TCC con componentes de terapia sistémica. La razón es práctica: la conducta sexual compulsiva casi siempre erosiona vínculos de pareja y familiares que forman parte tanto del problema como de la solución. Trabajar al paciente aislado de su entorno relacional produce mejorías que se desvanecen al volver a casa.

En chemsex, en cambio, el orden de las intervenciones importa. Sin un abordaje previo del consumo de mefedrona, GHB o metanfetamina, la psicoterapia de la conducta sexual no se sostiene. Aquí sí hay un componente farmacológico-clínico de entrada (desintoxicación supervisada, manejo de la abstinencia), seguido del trabajo conductual y relacional propio de la adicción sin sustancia.

Un dato que ayuda a dimensionar: en consulta, los pacientes con chemsex que llegan tras una crisis aguda y abordan solo la sustancia recaen en porcentajes muy altos en los primeros meses. Los que reciben intervención sobre las dos capas a la vez, química y conductual, mejoran de forma sostenida. La separación artificial entre «adicción a la droga» y «adicción a la conducta sexual» no funciona en este perfil.

Compras compulsivas como ejemplo de conducta adictiva sin sustancia química

En el caso de las compras impulsivas: reestructuración cognitiva y educación financiera terapéutica

La oniomanía o trastorno de compra compulsiva ocupa un lugar curioso en la clínica. Está normalizada socialmente («darse un capricho», «terapia retail») hasta el momento en que destruye la economía doméstica. Y, a diferencia del juego, es difícil de delimitar: comprar es una conducta cotidiana obligatoria.

El abordaje específico tiene tres componentes que rara vez aparecen juntos en otras conductas adictivas sin sustancia. Primero, reestructuración cognitiva centrada en el momento previo a la compra: qué emoción se está intentando regular (ansiedad, tristeza, vacío, recompensa por una jornada dura) y qué cadena de pensamientos justifica la conducta. Segundo, exposición progresiva a situaciones de riesgo (escaparates, plataformas de e-commerce, recibir notificaciones de ofertas) con prevención de respuesta. Tercero, lo que llamo educación financiera terapéutica: una intervención psicoeducativa sobre el manejo del dinero que no se imparte como un curso, sino como parte del proceso clínico.

Conviene insistir en este tercer punto. El paciente con oniomanía rara vez tiene problemas de comprensión financiera; entiende perfectamente lo que es un interés o una deuda. El déficit está en la conexión emocional con el dinero, en la disociación entre la decisión de compra y sus consecuencias futuras. La intervención no es informativa, es experiencial: registros de gasto en tiempo real, simulaciones de las consecuencias a doce meses, contratos conductuales con la pareja o un tercero supervisor.

Si la pantalla domina la vida: redes sociales, videojuegos y desintoxicación digital guiada

Este grupo es el que más cambia el paradigma clásico. ¿Cómo se trata una adicción a algo que la persona usa varias horas al día por motivos legítimos (trabajo, comunicación familiar, gestiones administrativas) y de lo que no puede prescindir? La respuesta clínica honesta es: no se aplica abstinencia, se aplica reestructuración del uso.

La intervención se construye en torno a tres bloques diferenciados según subtipo:

En adicción a videojuegos, especialmente en perfiles de juegos online competitivos o con mecánicas de recompensa variable (loot boxes, gacha), el abordaje combina TCC con manejo de contingencias y trabajo familiar intenso cuando hay menores o jóvenes implicados. Aquí sí cabe una abstinencia inicial parcial de cuatro a doce semanas, especialmente si hay deterioro académico o laboral grave, seguida de una reintroducción gradual y controlada.

En adicción a redes sociales, la estrategia es distinta. Se trabaja sobre el patrón de uso (cuándo, dónde, con qué función emocional), se reconfiguran las notificaciones y los entornos del dispositivo, y se introduce lo que algunos colegas llaman «ayuno digital programado»: ventanas de uso definidas, con el resto del tiempo en modo no disponible. La abstinencia total prolongada suele ser contraproducente y genera efecto rebote a los pocos días.

En adicción a pornografía online, frecuente y poco verbalizada, el tratamiento se acerca más al modelo de adicción al sexo que al de pantallas. El componente «pantalla» es secundario; el sustrato adictivo es la actividad sexual con sus particularidades de hiperestimulación y disponibilidad permanente.

¿Cuáles son los tipos de adicciones sin sustancia?

Las reconocidas clínicamente con mayor consenso son la ludopatía, la adicción al sexo, las compras compulsivas, la adicción a videojuegos, la adicción a redes sociales, el chemsex (en su componente conductual) y la adicción al ejercicio físico. Otras categorías como adicción al trabajo o a las relaciones interpersonales se discuten pero no tienen aún criterios diagnósticos consensuados.

Para perfiles con varias conductas simultáneas: abordaje integrado y prevención de recaídas

Este es el escenario que más se ve en consulta y el que peor cubre la literatura divulgativa. La persona que llega no tiene «una» adicción comportamental: tiene tres o cuatro que se alternan. Juego online en periodos de estrés, consumo compulsivo de pornografía cuando hay aislamiento, compras impulsivas tras una discusión, scroll sin freno como conducta de fondo permanente.

Tratar cada conducta de forma aislada en estos perfiles no funciona. Lo que cambia es el enfoque: ya no se persigue la conducta concreta, se trabaja sobre el mecanismo común que las sostiene. Habitualmente, ese mecanismo es una desregulación emocional crónica que encuentra en cada conducta una vía de descarga distinta. Cuando se cierra una, el sistema deriva a otra. Es lo que coloquialmente se llama «cambiar de adicción».

El abordaje integrado tiene un núcleo terapéutico común y módulos específicos por conducta. El núcleo trabaja regulación emocional. Aquí la terapia dialéctico-conductual y los componentes de mindfulness aportan herramientas que la TCC clásica no tiene, identificación de necesidades subyacentes y reconstrucción de fuentes de placer y sentido fuera del circuito adictivo. Los módulos específicos atienden cada conducta con sus desencadenantes propios.

Hay una capa adicional que se omite con demasiada frecuencia: cuando la pareja o la familia forma parte del circuito. No me refiero a familias «cómplices» en sentido moral, sino a sistemas relacionales donde la conducta adictiva cumple una función dentro de la dinámica de pareja: evita un conflicto, ocupa un vacío, alivia una tensión. Sin intervención sobre el sistema, el paciente puede mejorar individualmente y recaer al volver al entorno. El trabajo de pareja o familiar, en estos casos, no es complementario: es estructural.

Sesión grupal terapéutica en centro especializado en conductas adictivas

Cómo decidir entre ambulatorio, hospital de día o ingreso residencial

La elección de modalidad asistencial es una de las decisiones que más confusión genera en familias que empiezan a buscar ayuda. En adicciones sin sustancia, los criterios cambian respecto a alcohol u opiáceos, donde la severidad clínica de la abstinencia a menudo decide por sí sola el nivel asistencial.

El régimen ambulatorio es la opción inicial en la mayoría de casos. Sesiones individuales semanales o quincenales, eventualmente complementadas con grupo, mientras el paciente sigue con su vida laboral y familiar. Funciona bien cuando hay motivación razonable, ausencia de patología psiquiátrica grave descompensada y un mínimo soporte sociofamiliar. La mayoría de ludopatías y compras compulsivas iniciales se abordan así.

El hospital de día, programa intensivo diurno de varias horas, varios días por semana, durmiendo en casa, gana sentido cuando el ambulatorio se ha quedado corto o cuando la severidad lo desaconseja desde el inicio. Permite intervenciones más intensas (grupos diarios, terapias específicas, abordaje familiar regular) sin la disrupción de un ingreso. En conductas adictivas con patología dual, es a menudo el formato más eficiente.

El ingreso residencial tiene indicaciones más estrechas en estas conductas. Se reserva para situaciones con fracaso reiterado en niveles previos, riesgo vital o autolítico, comorbilidad psiquiátrica severa, o cuando el entorno del paciente es tan adictógeno que la salida de ese contexto es condición necesaria para empezar el trabajo terapéutico. Recurrir al residencial como primera opción en una ludopatía o una adicción a pantallas es, en general, sobredimensionar la respuesta.

Para profundizar en cómo se estructura cada nivel, puede consultarse la información sobre rehabilitación para las adicciones comportamentales que detalla los programas por modalidad y duración.

Qué esperar de los primeros meses y por qué la recaída no equivale al fracaso

Hay una pregunta recurrente que merece respuesta directa: ¿se puede curar una adicción comportamental? La respuesta clínica honesta es que no se cura en el sentido en que se cura una infección; se trata con éxito como una condición crónica. El paciente recuperado mantiene un control estable sobre la conducta, recupera funcionalidad y calidad de vida, y sabe identificar señales tempranas si el circuito se reactiva. La analogía habitual es con la hipertensión o la diabetes tipo 2: condiciones que no desaparecen pero permiten una vida plena con manejo adecuado.

Los primeros tres meses son los más exigentes. Es el periodo donde se desmonta el patrón conductual, se reconfigura el entorno y aparecen los primeros episodios de craving sin la conducta para neutralizarlos. La sensación subjetiva es de incomodidad sostenida, irritabilidad, a veces sintomatología depresiva leve. Es esperable. No es fracaso.

Entre el mes tres y el seis se trabaja la consolidación: nuevas rutinas, nuevas fuentes de gratificación, nuevas relaciones si las anteriores estaban atravesadas por la conducta. Aquí aparece la trampa más frecuente, la sensación de «estar bien» que lleva al paciente a relajar el control y reaparece la conducta. Tener prevista esta fase reduce su impacto.

La recaída, cuando ocurre, no anula el proceso. Anula una creencia: la de que el tratamiento iba a funcionar en línea recta. Lo que indica una recaída es que hay algo que ajustar: un desencadenante mal identificado, una habilidad de afrontamiento que no estaba sólida, una situación vital nueva. Reincorporarse al tratamiento tras una recaída sigue siendo eficaz; lo problemático es la interpretación catastrofista que lleva al abandono. Conviene tenerla pensada antes de que ocurra, no después.

Autor

  • Álex Martín es terapeuta con más de veinte años de experiencia en el ámbito de las adicciones. Máster en Drogodependencias por la Universidad de Barcelona, ha desarrollado su trayectoria combinando la formación, la docencia y el acompañamiento en salud mental. Es formador en soporte mutuo (P2P) en la Federació Veus Catalunya y en el Hospital del Mar, miembro del Grup de Treball Peer to Peer del Departament de Salut y docente en el Parc Sanitari Sant Joan de Déu. Además, participa activamente en ActivaMent Catalunya Associació y como portavoz en Obertament, trabajando siempre con un firme compromiso en la lucha contra el estigma y la promoción del bienestar.

    TITULACIONES Y ESPECIALIDADES

    Certificat Docent ALEJANDRO 2018

    Master en Drogodependencias UB

    Prevención en Drogodependencias en Menores