Hace unos meses, en un grupo de familias de Salamanca, una madre apuntó en una libreta todo lo que su hijo le había dicho durante dos años para no pedir ayuda. Diecisiete anotaciones. Diecisiete. Cuando las leímos en voz alta, se dio cuenta de algo que la dejó muda: eran siempre las mismas cuatro, repetidas en formatos distintos.
Eso es lo que ocurre con las excusas. No son infinitas. Hay un catálogo corto, previsible, casi idéntico en todas las casas, y aun así funciona durante años porque quien lo escucha responde siempre igual: discutiendo. Este artículo recoge las diez más habituales, qué hay debajo de cada una y, esto es lo que de verdad importa, qué conviene decir cuando aparecen.
Por qué identificarla no cambia nada: el tiempo que se pierde en cada negativa
Las excusas de un adicto son expresiones breves que no buscan convencer a nadie, sino aplazar una decisión. Niegan el problema, minimizan su gravedad o lo trasladan a un futuro indefinido. Retrasan el tratamiento porque desvían la conversación hacia un debate que la familia siempre pierde: discutir si lo que acaba de oír es cierto.
Reconocer el patrón está bien. No sirve de mucho por sí solo.
En los grupos familiares que acompaño desde 2018 se repite el mismo recorrido una y otra vez: la familia detecta el problema, tarda entre ocho y catorce meses en nombrarlo en voz alta, y después pasa otro año y medio largo intentando convencer a la persona de que acuda a una valoración. Casi tres años, de media, entre la primera sospecha y la primera cita. Tres años en los que el consumo no se queda quieto.
¿Y qué ocupa ese tiempo? Discusiones. Cada justificación genera una conversación de cuarenta minutos que termina con un portazo, y al día siguiente el marcador vuelve a cero. La persona no ha cambiado de opinión y la familia está más agotada que la semana anterior. Es desgaste puro sin ningún avance.
La cosa es que lo interesante de estas diez frases no es su contenido. Es su función. Todas cumplen una tarea muy concreta: comprar tiempo. Y mientras tú debates si es verdad o mentira lo que te está diciendo, la expresión ya ha hecho su trabajo.
Las 10 frases, de un vistazo
- «Yo lo controlo.»
- «Lo dejo cuando quiera.»
- «Sólo los fines de semana.»
- «Yo no soy como esos.»
- «No es para tanto.»
- «Hay gente mucho peor que yo.»
- «No puedo dejar el trabajo.»
- «No me lo puedo permitir.»
- «Ahora no es el momento.»
- «Después de las fiestas lo hablamos.»
«Yo lo controlo» y otras tres formas de negar lo evidente
La primera categoría es la de la negación directa. Son cuatro y se reconocen porque todas describen una realidad que no coincide con lo que la familia está viendo.
1. «Yo lo controlo.» Traducción: todavía puedo imaginar un escenario en el que esto no es un problema. Quien la dice no miente necesariamente; en su cabeza existen pruebas de control (la semana que aguantó, el día que dijo que no) y esas pruebas pesan más que las veinte veces que no pudo.
2. «Lo dejo cuando quiera.» La trampa está en el tiempo verbal. Es una afirmación sobre una capacidad futura que nunca se pone a prueba, y por eso mismo resulta irrefutable. Si le respondes «pues demuéstralo», acabas de darle un mes más.
3. «Sólo los fines de semana.» Aquí el consumo se convierte en calendario. Esta variante aparece en más de la mitad de las primeras entrevistas familiares del centro, casi siempre con alcohol y cocaína, y casi siempre resulta que el fin de semana empezó a estirarse hasta el jueves sin que nadie llevara la cuenta.
4. «Yo no soy como esos.» Esta es la más dolorosa y la que más cuesta entender. No habla de sustancias: habla de identidad. Debajo hay un estigma brutal, la imagen del tirado en un banco, y aceptar ayuda significaría aceptar esa imagen. Nadie quiere convertirse en lo que lleva toda la vida despreciando.
Por qué estas cuatro aparecen siempre al principio
Porque son las menos costosas. No requieren justificar nada ante nadie, no comprometen a futuro y cierran la conversación en una sola línea. En el momento en que dejan de colar, la lista sube un escalón.
«No es para tanto»: cuando la comparación con otros funciona como anestesia
El segundo bloque desplaza el foco. Ya no se niega el consumo, se niega la gravedad.
5. «No es para tanto.» Mide el problema con la única vara que resulta cómoda: la del daño visible. Si todavía hay trabajo, si todavía hay casa, si todavía nadie ha llamado a la policía, entonces no es para tanto. El problema es que esa vara siempre deja margen, porque siempre queda algo que perder.
6. «Hay gente mucho peor que yo.» Y es verdad. Siempre la hay. Por eso funciona tan bien como anestésico.
Recuerdo un caso de 2021. Un hombre de 44 años, buen puesto, dos hijas, que durante catorce meses sostuvo la comparación con un primo suyo que había perdido la custodia. Mientras ese primo existiera, él estaba bien. Lo que rompió el razonamiento no fue ninguna explicación familiar: fue su hija mayor diciéndole que ya no invitaba a nadie a casa. (Las comparaciones aguantan los discursos y se caen con los detalles concretos. Apúntalo, que es de las pocas cosas que funcionan de forma consistente.)
«No tengo tiempo ni dinero»: coartadas logísticas que suenan razonables
Este bloque es el más difícil de desmontar, precisamente porque es el más sensato. Y aquí la familia suele caer entera.
7. «No puedo dejar el trabajo.» Suena a responsabilidad. A veces lo es. Pero conviene saber que el formato residencial no es la única puerta: los programas ambulatorios permiten mantener la actividad laboral, y en la mayoría de los casos que valoramos el encaje es perfectamente compatible con una jornada normal. La objeción se construye sobre un supuesto falso: que pedir ayuda significa desaparecer tres meses.
8. «No me lo puedo permitir.» Igual de razonable en apariencia. Lo que casi nunca se calcula es el otro lado de la columna: entre 150 y 400 euros semanales de gasto sostenido durante dos años dan una cifra que a mucha gente le cambia la cara cuando la ve escrita. Por eso pido siempre que la escriban (y sí, con bolígrafo, en una hoja y delante de mí; en pantalla no produce el mismo efecto).
La trampa de estas dos es que invitan a entrar en un debate de gestión. Horarios, presupuestos, disponibilidad. Y mientras discutís logística, el asunto de fondo, que hay un problema de consumo, ha desaparecido de la mesa sin que nadie se dé cuenta.

«Lo dejo cuando quiera, pero ahora no»: el aplazamiento indefinido
9. «Ahora no es el momento.» Siempre hay una razón de peso: la hipoteca, el juicio de la empresa, el embarazo de la hermana, el estado de salud del abuelo. Ninguna es falsa. Todas son reales. Y por eso mismo la objeción resulta tan sólida: no se puede atacar sin parecer insensible.
10. «Después de las fiestas lo hablamos.» La variante estacional. Enero, septiembre y el día después de un cumpleaños concentran, según nuestro propio registro interno de llamadas (no es un dato de estudio, conviene decirlo), en torno al 40% de las primeras consultas. No porque la gente cambie de opinión en esas fechas, sino porque son los únicos momentos del año en los que no queda ningún evento por delante al que agarrarse.
Total, que el aplazamiento no es una negativa. Es un sí condicionado a un momento que nunca llega, y eso lo hace mucho más peligroso que un no rotundo, porque mantiene a la familia esperando.
Las mismas frases cuando no hay sustancia de por medio
En ludopatía, pantallas o compra compulsiva el catálogo cambia de vocabulario pero no de función. «Es ocio, no una adicción.» «Si mañana cierro la app, no pasa nada.» «No me he endeudado, luego no hay problema.» La ausencia de deterioro físico visible regala aquí un argumento extra: cuesta más sostener «no es para tanto» con una analítica en la mano que con un historial de apuestas que nadie mira. Por eso en estos casos el aplazamiento suele durar bastante más que en consumo de sustancias.
El error de discutir la frase en lugar de desmontarla
Aquí está el verdadero problema, y no está en quien consume.
Durante mis primeros años de ejercicio creía que, si construías el razonamiento perfecto, con datos, con ejemplos, con pruebas, la persona cedía. Lo probé decenas de veces en mediaciones familiares. El resultado fue siempre el mismo: cuanto mejor era el argumento, más se atrincheraba la otra parte. Tardé bastante en entenderlo, y no fue en un despacho: fue viendo a un padre ganar una discusión por puntos y perder a su hijo para seis meses de silencio.
Cuando discutes una justificación, le concedes el estatus de argumento. La conviertes en algo que se puede ganar o perder. Y lo que haya debajo (miedo, vergüenza, la certeza de que no va a poder) queda intacto y sin tocar, que es exactamente donde hace falta llegar.
Desmontarla es otra cosa. Significa no entrar en si es verdad, sino preguntar para qué sirve. «Puede que lo controles. ¿Te gusta cómo estás viviendo?» No hay nada que refutar ahí. Y no hay discusión posible, que es el objetivo.
Las coartadas que pone la familia sin darse cuenta
Incómodo pero necesario: la lista no es solo suya.
«Es que si le presiono, se va de casa.» «Prefiero que beba aquí y no en la calle.» «Vamos a esperar a que termine el curso.» «Si se lo digo, se hunde.» En los grupos de familias estas cuatro aparecen con la misma frecuencia que las anteriores, y cumplen idéntica función: ganar tiempo para no afrontar una conversación que da pánico.
No lo digo como reproche. Lo digo porque las familias llevan años sosteniendo una situación imposible y han desarrollado sus propias excusas para sobrevivir a ella. El problema es que, sin querer, se convierten en el andamio que sostiene el aplazamiento del otro. Por eso el trabajo con el entorno resulta tan determinante, y por eso insistimos tanto en la terapia para familias con pacientes con problemas de adicción en Salamanca como paso previo o paralelo a cualquier intervención con la persona que consume: cuando el entorno deja de improvisar, las frases del otro se quedan sin público y pierden casi toda su utilidad.

Señales de que la negativa empieza a fallar (y qué hacer en esa ventana)
Nadie pasa de la negación absoluta a pedir cita de un día para otro. Hay una fase intermedia, breve, y si la reconoces tienes una oportunidad real.
Las señales que conviene vigilar son concretas. La persona cambia de argumento a mitad de conversación. Empieza a preguntar cosas en condicional: «y eso cómo sería». Deja de defenderse y pasa a guardar silencio. Menciona a alguien que lo dejó. Pide que no se lo cuentes a nadie, señal bastante clara de que ya lo está considerando y le avergüenza. O suelta la más reveladora de todas: «y si lo intento y no puedo, ¿qué?».
Esa ventana dura poco. Entre tres días y dos semanas, por lo que vemos en el centro, y si pasa sin que ocurra nada, la negativa vuelve a cerrarse reforzada. Lo que toca entonces no es hablar más: es tener el teléfono a mano, la cita concertada y una respuesta rápida a la pregunta logística que va a hacer. Preparar ese momento antes de que llegue marca la diferencia, y para eso ayuda revisar la guía de Adyton sobre cómo ayudar a un ser querido a reconocer su adicción, que detalla qué preparar antes de hablar para no desaprovechar la única apertura que quizá tengas en meses.
Qué decir en lugar de insistir: respuestas concretas para cada negativa
Vamos a lo práctico. Esta es la tabla que entregamos en los grupos, con las diez afirmaciones y la respuesta que mejor ha funcionado en cada caso. No son fórmulas mágicas y no convencen a nadie en el momento; lo que hacen es no alimentar la discusión y dejar la puerta abierta.
| Lo que dice | Qué responder |
|---|---|
| «Yo lo controlo» | «Puede ser. ¿Estás a gusto con cómo vives?» |
| «Lo dejo cuando quiera» | «Te creo. ¿Y por qué no quieres aún?» |
| «Sólo los fines de semana» | «¿Cuándo empezó el fin de semana esta vez?» |
| «Yo no soy como esos» | «No lo eres. Por eso estás a tiempo.» |
| «No es para tanto» | «¿Qué tendría que pasar para que lo fuera?» |
| «Hay gente peor» | «No me preocupa esa gente. Me preocupas tú.» |
| «No puedo dejar el trabajo» | «No hace falta. Hay opciones compatibles.» |
| «No me lo puedo permitir» | «Echemos la cuenta de lo de este año.» |
| «Ahora no es el momento» | «Nunca lo es. ¿Qué fecha te pongo?» |
| «Después de las fiestas» | «Vale. Pido la cita para el día 8.» |
Tres reglas que valen más que las respuestas
La primera: una sola intervención por conversación. Si sueltas tres, se convierte en sermón y el efecto se anula entero.
La segunda: nunca en caliente. Una respuesta de estas dicha mientras la persona está intoxicada no llega a ningún sitio, y además quema el recurso para cuando sí sirva.
La tercera, y la que más cuesta: acepta que vas a tener que decirlo muchas veces. En los acompañamientos que hemos seguido de cerca, la media hasta que alguien acepta una primera valoración ronda las once o doce conversaciones breves de este tipo, repartidas a lo largo de varios meses. No es una. Son doce. Y la que funciona nunca parece distinta de las once anteriores (nadie la reconoce hasta después).

Preguntas frecuentes
¿Por qué un adicto pone excusas para no tratarse?
Porque la negación es un síntoma de la propia adicción, no una mentira calculada. La persona necesita sostener una versión de los hechos que le permita seguir consumiendo sin perderse el respeto. Cada oración aplaza la decisión y reduce, de momento, la ansiedad de tener que tomarla.
¿Cómo saber si una persona adicta está manipulando?
La manipulación se distingue por el efecto, no por el contenido. Si la frase deja a la familia discutiendo, negociando condiciones o sintiéndose culpable, está cumpliendo su función. Una señal fiable: el argumento cambia según quién escucha. Con la madre es el dinero; con la pareja, el trabajo.
¿Qué hacer si un adicto no quiere empezar tratamiento?
Dejar de convencer y empezar a preparar. Localiza el recurso, infórmate del formato ambulatorio, ten el teléfono a mano y responde con una sola frase cada vez que aparezca una negativa. La mayoría de centros especializados ofrece una primera valoración gratuita, lo que elimina la objeción económica de entrada.
¿Cuánto retrasa el tratamiento una excusa consolidada?
En los casos que acompañamos, el trayecto entre la primera sospecha familiar y la primera cita ronda los tres años. Buena parte de ese tiempo lo consumen conversaciones circulares. Cuando el entorno deja de discutir el contenido, ese plazo suele acortarse de forma apreciable.
¿Sirve de algo una intervención familiar confrontativa?
Rara vez por sí sola. La confrontación en grupo refuerza la posición defensiva y puede cerrar el diálogo durante meses. Funciona mejor cuando el entorno ha trabajado antes sus propias respuestas y existe un recurso disponible al que derivar ese mismo día.
Lo que queda cuando se acaban las frases
Las excusas se agotan. Siempre. No por convencimiento, sino por desgaste: llega un punto en que sostenerlas cuesta más energía que admitir lo que pasa, y ese punto llega antes cuando el entorno deja de discutirlas una por una.
¿Garantiza algo? No. Hay negativas que aguantan seis años y otras que se caen en una tarde con una sola pregunta. Lo que sí se puede afirmar, después de dos décadas haciendo esto, es que las familias que dejan de pelear el contenido y empiezan a trabajar la función llegan antes a la primera cita. Y en esto, el calendario importa más de lo que parece.



Comentarios recientes