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Hay una escena que se repite en consulta cada semana. Una madre trae a su hijo de diecinueve años porque lleva ocho horas seguidas apostando en una app del móvil, no come, no duerme, ha perdido tres mil euros. Y dice, casi como disculpándose: Pero al menos no está metido en las drogas. Ese al menos es exactamente el problema que nos ocupa hoy.

Llevamos años trabajando con pacientes que presentan cuadros clínicos idénticos (mismos síntomas de abstinencia, misma pérdida de control, mismo deterioro social) pero cuya única diferencia es que en un caso hay una sustancia química cruzando la barrera hematoencefálica y en el otro no. El cerebro no parece haber leído ese matiz aplicando técnicas factuales snippets para comprender las adicciones comportamentales vs adicciones a las drogas. El estigma social sí. Y ahí empieza un malentendido que nos cuesta caro a nivel de salud pública.

El mito de que sin sustancia no hay adicción

Durante décadas, el discurso médico dominante sostuvo que solo lo que se inyecta, se fuma o se ingiere podía generar dependencia real. Todo lo demás era vicio, falta de voluntad o, en el peor de los casos, un mal hábito. Ese marco conceptual sobrevive todavía en los pasillos de muchos centros de salud, en la conversación familiar y, lo que es más grave, en la cabeza de los propios afectados, que tardan una media de siete años en pedir ayuda precisamente porque no se reconocen como enfermos.

La realidad clínica desmonta ese planteamiento con datos incómodos: los estudios de neuroimagen publicados desde 2010 muestran que las alteraciones estructurales en el cuerpo estriado de un ludópata patológico son prácticamente indistinguibles de las que aparecen en un paciente con dependencia a la cocaína. La diferencia, cuando la hay, es cuantitativa, no cualitativa. Y esto cambia por completo la conversación.

Lo que el cerebro no distingue: dopamina, refuerzo y craving

Aquí conviene detenerse porque es donde se juega todo el debate. El sistema nervioso central no dispone de un detector químico que diferencie el origen del estímulo. Lo que evalúa, lo que aprende, lo que refuerza, lo que memoriza, es el patrón de disparo dopaminérgico asociado a la conducta. Si ese patrón supera ciertos umbrales, se genera aprendizaje asociativo. Si ese aprendizaje se consolida, aparece la dependencia. Es así de mecánico y así de terrible.

El circuito de recompensa funciona igual

El área tegmental ventral proyecta hacia el núcleo accumbens tanto si el estímulo es una raya de cocaína como si es una notificación de Instagram con un like inesperado. La magnitud del pico dopaminérgico varía, evidentemente (un opioide sintético dispara niveles que ninguna app puede alcanzar), pero la firma neurofisiológica del proceso es la misma.

La investigación de neuroimagen acumulada en la última década ha ido mostrando que los patrones de activación en la corteza prefrontal medial de sujetos con trastorno de juego online guardan una similitud muy alta con los patrones observados en dependientes de estimulantes. Traducido: el cerebro cree que está haciendo lo mismo. Y actúa en consecuencia.

Tolerancia y abstinencia también aparecen sin química externa

Este punto suele generar resistencia. ¿Cómo va a haber síndrome de abstinencia si no hay sustancia que retirar? Y sin embargo, los criterios clínicos están bien documentados. Un jugador patológico al que se le corta el acceso al estímulo presenta irritabilidad, insomnio, disforia, ansiedad flotante y, en algunos casos, sintomatología somática que incluye sudoración y temblores. Todo esto sin haber tomado nada.

La tolerancia también aparece: la misma cantidad apostada ya no genera la excitación inicial, hay que subir la apuesta. La misma hora de scroll ya no calma, hay que ampliar el tiempo. Es el mecanismo clásico de neuroadaptación. Solo que sin farmacocinética.

Dónde empiezan las diferencias reales

Todo lo anterior no significa que ambos cuadros sean idénticos. Lo son a nivel de mecanismo neuronal, pero divergen radicalmente en otros planos que resultan decisivos tanto para el pronóstico como para el abordaje terapéutico. Y aquí es donde muchos protocolos fallan: aplican el manual del alcoholismo a un adicto al porno o al revés, con resultados predecibles.

Resonancia magnética cerebral usada en el estudio clínico de conductas adictivas

El daño físico directo: el gran divisor

Una persona con dependencia al alcohol acumula cirrosis, neuropatía periférica, atrofia cerebelosa. Una persona con dependencia a la heroína arrastra riesgo de sobredosis en cada uso, endocarditis, hepatitis. El cuerpo se degrada visible y medible en analíticas. El daño orgánico es la parte más objetiva del cuadro clínico.

En los trastornos conductuales, ese daño orgánico directo no existe o es marginal (síndrome del túnel carpiano en jugadores online, alteraciones posturales, insomnio crónico). Lo que sí existe, y a veces se pasa por alto, es el daño indirecto: deudas que arruinan familias enteras, deterioro cognitivo por privación de sueño, comorbilidades psiquiátricas graves. Pero no matan a la misma velocidad.

La disponibilidad del estímulo cambia todo

¿Qué ocurre cuando el disparador de tu adicción vive dentro de tu bolsillo veinticuatro horas al día, siete días a la semana? Esta pregunta, aparentemente obvia, marca una diferencia terapéutica gigantesca. Un paciente con dependencia a la cocaína puede diseñar una vida en la que sea razonablemente improbable cruzarse con la sustancia. Un adicto al móvil no puede.

Y aquí aparece un dato que solemos usar en formación: la industria del juego online ha calculado que el pico de recaídas en pacientes en tratamiento se produce entre las 23:00 y las 02:00, cuando el aislamiento nocturno y la disponibilidad inmediata del estímulo coinciden. Ninguna sustancia ilegal tiene una infraestructura de distribución tan eficiente.

El estigma social invertido

Aquí llega la paradoja que abría este texto. El adicto a sustancias carga con un estigma social enorme, es un yonki, un enfermo, un peligro, que sin embargo tiene una ventaja terapéutica indirecta: nadie duda de que necesita tratamiento. Al conductual, en cambio, se le dice que tiene poca fuerza de voluntad, que solo tiene que dejar de hacerlo, como si eso fuera algo distinto a lo que le dirías a un alcohólico en 1955.

Este estigma invertido retrasa el diagnóstico, dificulta la búsqueda de ayuda y complica la aceptación familiar del problema como enfermedad. En la práctica, hemos visto casos donde la propia pareja del paciente se resistía a considerarlo una patología hasta que se le mostraban los estudios de neuroimagen. Un absurdo epistemológico que le cuesta años de sufrimiento evitable a mucha gente.

Qué dice el DSM-5 (y qué se ha quedado fuera a propósito)

La quinta edición del Manual Diagnóstico dio un paso histórico en 2013: reclasificó el trastorno por juego patológico dentro del capítulo de Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos. Por primera vez, una conducta sin química externa quedaba equiparada formalmente a la dependencia a sustancias. Fue una decisión respaldada por más de tres décadas de investigación neurobiológica.

Sin embargo, otras conductas se quedaron fuera de forma deliberada. El trastorno por uso de internet aparece únicamente en la sección III, como condición para estudio ulterior. La adicción al sexo no está reconocida como tal. La adicción a las compras, tampoco. La razón oficial: falta de evidencia empírica suficiente. La razón real, sospechamos algunos, es más compleja e incluye presiones de industrias que no tienen ningún interés en que sus productos sean etiquetados como potencialmente adictivos.

La CIE-11 fue algo más valiente e incluyó el trastorno por uso de videojuegos como diagnóstico oficial en 2019. La discusión sigue abierta y las próximas revisiones tendrán que decidir qué hacer con conductas que clínicamente se comportan como adicciones aunque no lo digan los manuales.

Por qué el tratamiento no puede ser el mismo

Todo lo anterior converge en una consecuencia práctica que muchos clínicos siguen sin asumir del todo. Si los mecanismos neurobiológicos son similares pero los estímulos, los daños y los contextos difieren radicalmente, los protocolos terapéuticos tienen que reflejar esa asimetría. Aplicar los principios del tratamiento del alcoholismo a un caso de dependencia a la pornografía es un error metodológico que se paga en recaídas.

Desintoxicación vs exposición controlada

En dependencia a sustancias, la primera fase suele ser una desintoxicación médica supervisada, a veces hospitalaria, en la que se retira la sustancia bajo control farmacológico para gestionar el síndrome de abstinencia. Es un proceso con tiempos definidos, protocolos estandarizados y objetivos claros: estabilizar al paciente para que pueda empezar el trabajo psicoterapéutico.

En los cuadros conductuales, la lógica es distinta. No hay una sustancia que retirar y muchas veces el estímulo no puede eliminarse por completo. En un centro de desintoxicación para adicciones comportamentales se trabaja con exposición controlada, reestructuración cognitiva y modificación del entorno digital, no con protocolos de retirada química. Los tiempos son más largos, las recaídas más frecuentes y el trabajo con la familia, más determinante.

El problema de no poder abstenerse del móvil o la comida

Y aquí llega uno de los puntos que más frustración genera en terapia. A un alcohólico se le puede pedir abstinencia total. A un adicto a la comida no. A un adicto al móvil, tampoco: es la herramienta con la que trabaja, se comunica con sus hijos y gestiona su vida. La meta terapéutica cambia de cero consumo a uso funcional, y este cambio es enormemente más difícil de mantener psicológicamente.

Hemos visto pacientes que llevaban ocho meses sin apostar y recaían al ser expuestos a un anuncio en YouTube. La ubicuidad del estímulo obliga a diseñar estrategias de afrontamiento que un modelo clásico de abstinencia no contempla.

Perfiles de riesgo: quién cae en cada tipo y por qué

Existe cierto solapamiento en los factores de vulnerabilidad, como impulsividad, historia familiar, trauma temprano y comorbilidad con ansiedad o depresión, pero también hay perfiles diferenciales bastante claros. En dependencia a estimulantes, encontramos con frecuencia búsqueda de sensaciones, entornos de consumo social y disponibilidad económica en la fase inicial. En dependencia a opiáceos, dolor crónico mal gestionado y factores socioeconómicos precarios.

En los cuadros conductuales, el patrón es otro. La ludopatía online se ceba con hombres jóvenes con niveles medios de instrucción y buena capacidad económica. El trastorno por uso de redes sociales golpea más a adolescentes y jóvenes adultos, especialmente mujeres en las franjas de edad más tempranas. El comprador compulsivo suele presentar una combinación de rasgos evitativos y déficits en regulación emocional. No son perfiles intercambiables ni el mismo tratamiento les sirve a todos.

Y hay algo más: la edad de inicio ha bajado dramáticamente. Casos de dependencia clínica a videojuegos en menores de doce años eran anecdóticos hace quince años. Hoy son consulta semanal. La disponibilidad temprana del estímulo está reconfigurando la epidemiología de estas patologías a una velocidad que la formación clínica no está siguiendo.

Persona joven mostrando señales de preocupación asociadas a conductas adictivas

Señales de alarma que la mayoría pasa por alto

Si el diagnóstico de las dependencias a sustancias suele llegar tarde, el de las conductuales llega todavía más tarde. Y no por falta de síntomas, sino porque los síntomas se confunden con cosas normales de la vida moderna. Estar todo el día con el móvil, jugar cada noche, comprar impulsivamente los fines de semana. Todo eso pasa por comportamiento aceptable hasta que colapsa algún dominio vital.

Las señales que consideramos clínicamente relevantes son cuatro: pérdida de control (el paciente no puede detenerse aunque quiera), interferencia funcional (afecta al trabajo, los estudios, las relaciones), mantenimiento del comportamiento a pesar de consecuencias negativas conocidas, y aparición de malestar psíquico al interrumpirlo. Si dos de estas cuatro están presentes de forma sostenida durante más de seis meses, hay que evaluar clínicamente. Sin dramatizar, pero sin minimizar.

La conclusión que devuelve esta comparación es incómoda pero necesaria. El cerebro no distingue entre una raya de cocaína y una notificación que llega en el momento exacto en que espera una recompensa. Lo que distingue es todo lo demás: el daño, la disponibilidad, el estigma, las herramientas terapéuticas. Y por eso, aunque partan del mismo circuito neurobiológico, exigen protocolos, tiempos y equipos distintos. Confundirlos no es un matiz académico, es la razón por la que muchos pacientes tardan años en encontrar el tratamiento que les funciona.

Autor

  • El Dr. Rubén de Alarcón es médico psiquiatra con amplia formación clínica y experiencia en investigación. Graduado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Sevilla, completó su residencia en Psiquiatría en el Hospital Clínico Universitario de Salamanca, donde actualmente ejerce como médico adjunto. Ha realizado un Máster en Psiquiatría Legal y Forense en la Universidad Complutense de Madrid y rotaciones externas en psiquiatría forense en el Reino Unido. Su trayectoria incluye voluntariado en el Centro de Día de Salud Mental Ranquines y una activa labor científica con publicaciones, capítulos de libro y pósters en congresos nacionales e internacionales, habiendo recibido premios por su trabajo. Sus líneas de investigación abarcan desde la sexualidad y adicciones comportamentales, hasta los sustratos biológicos de las enfermedades mentales y la salud física de pacientes con patología mental grave. Es miembro de diversas sociedades profesionales como SEP, SEPB, AESEXSAME y ACyLP.

    TITULACIONES Y ESPECIALIDADES

    CERTIFICADO DE COLEGIACION DEFINITIVO
    CVN Rubén de Alarcón Gómez (abreviado) 18.02.2021
    Fotocopia compulsada de título de medicina
    Título especialista Psiquiatría